Promesa
"Cuando puedas dudar y creer, cuando puedas dudar y querer, cuando puedas dudar y poder...entonces estarás salvado." Maitre Kosen Thibaut
Lo primero, para hacer una promesa, es cocinarla. En la cocina encontrará todos los elementos necesarios para cocinar una buena promesa. Ni la cocina, ni lo que ella contiene, es garantía que quede bien cocinada; solamente es el medio para poder realizar una con sabor. -El sabor no es sinónimo de sazón, éste último sólo se logra con un buen movimiento de dedos del cocinero-. El siguiente paso es buscar el recipiente que va a contener toda la preparación. Lo llenamos con agua y esperamos que esté en su punto. El momento apropiado para hacer la promesa es cuando lo que se cocina llega a un alto grado de ebullición. Ahí es donde los platos se ponen sobre la mesa y se prepara la situación para que pueda ser bien digerida.
Usualmente las mujeres encuentran el momento apropiado para hacer la promesa, aunque a los hombres siempre les parezca que ese momento sea algo apresurado.
Las promesas se deben hacer sin requerir una contrapromesa, es decir, que la respuesta de la otra persona sea un compromiso similar; así la intención sea esa. El problema con las promesas de amor es que siempre son a medias, si la otra persona no asume la promesa inicial como propia, no habría tal. El tiempo de cocción no sería el adecuado y la receta terminaría evaporándose. Para dar respuesta hay que esperar un tiempo prudente, ni tan apresurado que demuestre inseguridad, ni tan prolongado que parezca desinterés. No existe un tempometro que nos indique el momento exacto para hacerlo, así que depende del ritmo de la relación.
Generalmente se cree que las promesas del corazón son las más grandes que se hacen, puesto que son para toda la vida. La seguridad que se tiene al momento de hacerla es tan voluble como el agua de su preparación evaporándose en el horno. Las promesas de amor son las más contradictorias que existen, puesto que se hace estando absolutamente seguros de los sentimientos que provocan hacerla, pero escondiendo en el sótano del corazón la incertidumbre de no saber qué pasará después. Eso hace que se quiera luchar incondicionalmente para estar juntos, por encima de todas las cosas. Pocas veces, en momentos de crisis, se encuentra en el distanciamiento una opción para renovar la relación o para construir algo nuevo. Usualmente relacionamos la distancia con separación, con olvido y con el derrumbe de los sentimientos hacia el otro; y se termina por adoptar un luto que se asume cambiando los propios hábitos de la vida cotidiana: nuevo corte y color de cabello, ropa nueva, otros lugares y el reencuentro con amigos perdidos.
Desde pequeños nos enseñaron que el verdadero amor era estar juntos y superar todas las adversidades. Si se separan al primer inconveniente no era amor puro. Aplaudo esas parejas que, a pesar de todo, siguen unidas. Aunque para mí, el amor sea poder seguir amando en la distancia. Ese si es amor sincero. Tener la capacidad de asumir las crisis en la distancia. Es ridículo pensar en seguir atados cuando lo que queremos es abrir las alas, o terminar odiando a quien ofreció tanto cariño durante el tiempo que fuere. Por supuesto que no siempre tiene que ser así, pero asumir que para lograr estar bien juntos se debe estar separados, es una actitud que no muchos logran en su vida de pareja. Ya sabemos que esta decisión tiene dos posibles caminos, el de reinventar la relación, o el de amar por siempre lo que se vivió. Nadie puede saber a ciencia cierta cuál será el camino que lleve nuestros pasos, pero lo que si quedará escrito es que es la forma más sana de asumir la crisis para bien de las dos personas que componen la relación, no para la relación en sí misma. Así ese bien sea mantenerlos en la distancia o enredarlos entre los hilos de las sorpresas que trae una nueva forma de usar la aguja.
Una relación es como construir un nuevo mundo, un mundo de dos (o tres o cuatro), en donde sin el otro ese mundo se derrumbaría. Pero el fin de Un Mundo no es el fin Del Mundo, parafraseando mi figura intelectual más cercana. Las relaciones buscan tener una identidad, algo que las caracterice porque tienen una forma de ser particular, ninguna relación es igual a otra, así como las personas que las integran no son las mismas en distintas relaciones. Y así, como la identidad de las personas está en constante cambio, las relaciones se renuevan progresivamente para poder ir más allá.
El agua en su punto máximo de ebullición y una promesa que necesitó cuatro meses para ser respondida, o mejor, correspondida, me hace dudar de las promesas. No de las personas. El amor une, más de lo que podría hacerlo la unión de los cuerpos, más que unas inciertas promesas. Sin amor la unión termina siendo dos soledades acompañándose. En cambio, el amor puede hacer corta cualquier distancia, tanto como para mantener dos cuerpos unidos por la magia de una nueva relación.
Camilo Zambrano
19 de junio de 2011
19 de junio de 2011
Deseo
Deseamos mal. En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo. Estanislao Zuleta
Demasiado dulce, hastía. Demasiado amargo, repugna. Nadie sabe la medida exacta, por eso se gasta toda la vida en tratar de encontrarla. Tal vez en eso consista la vida, no en descubrir la dosis perfecta, sino en perseverar en la búsqueda de algo que sabemos nunca podrá ser encontrado.La mayoría de aspiraciones siempre se encaminan a obtener una montaña de dulzura. Esa montaña que, entre más alta, más alcanza para disimular el sabor amargo de algunas situaciones de la vida cotidiana. Sólo se necesita una mano que sepa distribuir ese tesoro de azúcar en dosis apropiadas para regular los males de la vida y tratar de mantener la sonrisa alcanzada al poseer tan dulce placer. ¿Quién en su sano juicio no desearía sumergirse en un mar de felicidad completa? Hay muchos que consideran fracaso el hecho de no poder llegar a la cima de la montaña para poner su bandera. Siempre me acuerdo de Sísifo, y en el inmenso poder que tenía al ser dueño de sí mismo a pesar de cumplir el capricho de los dioses. Como dice Camus al final del libro: El esfuerzo mismo para llegar a la cima basta para llenar un corazón de hombre. Las personas que tratan de darle sentido a sus vidas teniendo como finalidad la cima, y no su recorrido, se desmoronan al subirla, por su propio peso. Y aquellos que la alcanzan, se dan cuenta que el dulce del cual está hecha la montaña nunca será suficiente.
La amargura espera por ser llenada y la montaña de azúcar por cumplir su función. Es inconcebible creer que el exceso de dulzura sea perjudicial, por tal razón, con la mayor delicadeza que una mano femenina pueda tener, empieza poco a poco a llenar el sabor amargo contenido en el vaso. ¿Qué clase de dulce quieres para la relación? Hay de muchos sabores, sabor satisfacción, sabor tolerancia, sabor a rutina, sabor relajación, sabor a paciencia, sabor unión, sabor a perdón. Por nombrar algunos. Todos los sabores están debidamente mezclados en cantidades proporcionadas y puestas en la montaña. Vierte la cantidad adecuada hasta tener el sabor ideal. Se debe recordar que no se puede probar la mezcla a priori. Sólo la experiencia dará cuenta si la receta fue la adecuada.
Es difícil saber cuándo el exceso de azúcar es malo, sino hasta el momento que, al pasar del decimoprimer puñado de azúcar vertido, nos damos cuenta que es inevitable que se derrame el sabor amargo del vaso. El contenido del vaso está al borde, al límite. Y creemos que la mejor solución es llenarlo con más dulce, con los sabores ya mencionados. No nos damos cuenta que se va a regar, sino hasta cuando sucede. Y es entonces cuando el líquido baja por la superficie, como haciéndole a su contenedor una última caricia, como lágrimas que salen del vaso porque saben que no van a volver a estar en él.
En los últimos instantes del Deseo, pareciera que la intención es la de exacerbar la relación hasta su derramamiento. Eso pasa en muchas relaciones. Se pretende tapar lo amargo con mucho dulce. Pero no se sabe que el sabor amargo tiene diferente composición. Si ambos fueran sólidos, el dulce llenaría el vaso, y se derramaría él mismo. El triunfo de la Felicidad frente a la amargura. Pero inconvenientemente el sabor amargo es líquido, y es imposible llenar el vaso de dulzura sin derramar aquél.
Deseamos mal. Tanta lucidez con tanto significado en dos palabras. Siempre esperamos que no se acabe la montaña de dulce, y no comprendemos que la carencia de ésta es la que eleva el espíritu a superar retos mayores. ¿Qué mundo aquel que no ofreciera el gusto de sobresalir frente a las adversidades impuestas día a día? Qué vida tan plana aquella que el sufrimiento y la incertidumbre no obligaran a superarse a sí mismo.
La felicidad en mayúscula es tan solo un idilio, una aspiración que no debemos alcanzar, o no debemos creer que algún día podremos alcanzar. Es una de las peores utopías que el hombre pudo inventar, porque va acompañada de conformismo y una vida de insignificancias. En cambio, hay que levantarse pensando en esa felicidad en minúscula, aquella que no promete nada, sino que exige al ser enamorarse de las pequeñas cosas, las que caducan, las efímeras. Porque esas son las que dan el aliento para perseverar en la búsqueda.
Camilo Zambrano
27 de junio de 2011
27 de junio de 2011
